Menos listas de 'pueblos bonitos', más políticas de planta baja
Photo: Internet Archive Book Images, No restrictions, via Wikimedia Commons
Cada semana aparece una nueva lista: 'El pueblo más bonito de la costa que casi nadie conoce', 'Diez pueblos con encanto que tienes que descubrir antes de que se llenen'. El problema es que estas listas funcionan exactamente como prometen: llenan el pueblo un sábado y lo dejan seco el resto del año. Y en ese ciclo, quien pierde no es el turista ni el ayuntamiento: es la tienda de abajo de tu casa.
El cliente de un solo día
El negocio del 'pueblo con encanto' viral tiene una estructura muy concreta: miles de visitantes que llegan a las once, comen un menú rápido, se hacen la foto junto al arco medieval y se van a las cinco. Gasta poco, no vuelve y no conoce a nadie. Para un restaurante de paso puede bastar; para una tienda de artesanía, una cerámica familiar o un obrador de dulces, es veneno. Su modelo depende de clientela que repite, y el cliente de un solo día no repite nunca.
Alquileres que ningún oficio puede pagar
El segundo efecto es más silencioso pero más letal: cuando el barrio entra en las listas, el valor del local se dispara. El casero ve la oportunidad y pide precio de marca consolidada, no de taller de tres generaciones. El resultado lo vemos en decenas de pueblos costeros: la planta baja se llena de heladerías de franquicia y tiendas de imanes, mientras el oficio local cierra o se muda a una nave en el polígono, lejos del paseo donde vivía su razón de ser.
Menos spoilers, más ordenanza
No estoy pidiendo que nadie deje de hacer fotos. Pido otra cosa: que los ayuntamientos dejen de subirse al carro viral y empiecen a legislar. Ya existen ejemplos en el Mediterráneo de políticas de reserva de planta baja, que limitan qué usos pueden instalarse en los locales de las calles históricas y reservan plazas para comercio de proximidad con alquileres tasados. Son medidas incómodas para el propietario del inmueble, sí, pero son las únicas que garantizan que dentro de diez años el pueblo 'con encanto' siga teniendo algo que vender además de la foto.
La paradoja del encanto
La gran paradoja es esta: lo que hace 'con encanto' a un pueblo no son sus fachadas encaladas, sino que alguien esté detrás de la persiana haciendo algo de verdad. Un horno, un taller, una pescadería. El encanto no se decora; se trabaja. Y se destruye mucho más rápido de lo que se construye.
Así que la próxima vez que veas una lista viral sobre tu pueblo, no la compartas con orgullo. Pregúntate mejor qué le va a pasar al comercio de la esquina cuando lleguen los diez mil coches del fin de semana. Y si tienes contacto con tu ayuntamiento, propón algo más útil que un hashtag: una ordenanza que proteja la planta baja. Ese es el 'spoiler' que el litoral mediterráneo realmente necesita.